(Reseña) «Money Monster»: el cruel mundo de la especulación financiera

(Reseña) «Money Monster»: el cruel mundo de la especulación financiera

Money Monster traducido como El maestro del dinero, es una película americana de suspenso, dirigida por Jodie Foster. La película está protagonizada por George Clooney (que también coproduce) que interpreta a Lee Gates, un personaje de la televisión que aconseja a su audiencia en el comercio y Wall Street, y que está secuestrado en su propio programa por Kyle Budwell (Jack O’Connell), quién quedó en la completa quiebra después de seguir uno de sus consejos y comprar acciones que ya no valen nada.

Jodie Foster vuelve a la dirección de largometrajes con una película que se plantea con mucha ingenuidad la posibilidad de que un ciudadano común se alce contra el aparato de dominación financiera. Es decir, un perfecto desconocido que munido de un revolver logra desenmascarar a los especuladores responsables de las subidas y hundimientos de la bolsa de valores y de la casi mágica desaparición del dinero de muchos inversores. Claro, para conseguir la atención mundial utiliza la misma arma que utilizan estos grandes intereses cuando quieren utilizar a la gente de a pie para sus conveniencias: la televisión.

El maestro del dinero (Money Monster, 2016) nos narra la historia de Lee Gates (George Clooney), conductor televisivo de «espectáculo financiero» llamado Money Monster, un personaje despreocupado por las cosas que dice, políticamente incorrecto y narcisista como él solo. Su productora, Patty (Julia Roberts), ha estado junto a él por mucho tiempo, pero decide abandonar el programa porque ya está harta de este y de Gates, pues además sabe que lo que hace no es periodismo. Cuando se preparaban para la emisión de un programa más aparece Kyle Budwell (Jack O’Connell), un desesperado que ha perdido todo su dinero a causa de un consejo dado por Lee, acerca de invertir en acciones de la empresa IBIS; decide tomar el set de televisión para obtener las respuestas que, afirma él, o los medios no saben u ocultan, o los ejecutivos máximos de la empresa devaluada se niegan a dar para ocultar sus verdaderos intereses.

Es interesante, aunque naif, lo que plantean Foster y compañía en esta película, una visión que podría llamarse «progre» del mercado de valores gringo, pero que en su crítica se queda corta. Aunque de diferente origen y a diferente escala, es posible hablar de una similitud entre lo que sucedió con la imaginaria empresa IBIS en esta película y lo que pasó con todo el mercado inmobiliario de Estados Unidos cuando hizo crac hace ocho años. El hundimiento de todo el mercado de bienes raíces no se debió al error de unos cuantos malos elementos, o un «glitch» (palabra que podrás escuchar muchas veces en la película, así como la palabra «work» en la malhadada canción de Rihanna), sino que fue producto del sistema mismo, que es corrupto desde sus cimientos y permitió un uso indebido de un crédito que a la larga no fue posible de reabsorber. Esa fue la manera como lo planteara tanto Michael Lewis en su libro La gran apuesta como Adam McKay en la película homónima del 2015. El sistema es el problema, no los malos agentes que forman parte de él. Es duro, pero es así.

Sin embargo, Foster plantea esta historia (guion de Jamie Linden, Alan DiFiore y Jim Kouf) con cierto ánimo conciliador: el sistema no es malo, solo que tiene gente muy mala (muy, muy mala) que pulula dentro de él y se disfrazan de buenos tipos en trajes de corte perfecto para embaucar al ciudadano corriente y quedarse así con su dinero duramente conseguido con muchos años de trabajo. En ese sentido, la historia tiene un presupuesto que llama la atención. Incluso uno logra solidarizarse con el desesperado muchacho que busca una respuesta a una simple pregunta: «¿Adónde fueron a parar los 800 millones de dólares de perdió la gente?». Por ello no puede uno despegarse de la historia siguiendo el hilo a través de Corea, Sudáfrica e Islandia, países lejanos a la ciudad de Nueva York, pero que tienen puntos importantes para el desarrollo de la historia.

Momento culmen, y quizá lo principal de todo es cuando el sistema, o la manzana podrida del sistema, habla y devela cruda realidad del asunto: ¿era ilegal hacer lo que se hizo con esos 800 millones de dólares? No, el sistema lo permite. Como permite que Lionel Messi lave su plata con Clorinda y Ña Pancha, en una de las hoy muy mentadas empresas offshore.

Ajá… ¿Y bien? ¿Por qué tan inocente la pobre Jodie Foster? Simple. No es para nada verosímil que un tipo con tres cajas con un chaleco bomba cada uno burle la seguridad de ningún canal que se precie. Yo no podría pasar ni con una rata blanca al canal de RPP así me lo propusiera. Luego, ¿la Policía lo dejaría ir a dar una vuelta con George Clooney por la ciudad más noica del planeta con un chalequito bomba por si hace frío? Son cosas que uno se cuestiona a lo largo del film. Aunque si eso y muchos otros supuestos del film pudieran hacerse ciertos… Ya me iría yo a buscar un chalequito.

Por Christian Ávalos

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