(Reseña) «La chute de la maison Usher»: la casa embrujada por excelencia

(Reseña) «La chute de la maison Usher»: la casa embrujada por excelencia

«La caída de la casa Usher» es una película francesa de terror, corta y muda, rodada en 1928. Adaptada del cuento La Caída de la casa Usher por Edgar Allan Poe, narra la historia de un hermano y una hermana que viven bajo una maldición familiar. Los actores protagonistas son Jean Debucourt, Marguerite Gance, Charles Lamy, Fournez-Goffard, entre otros.

Será una obviedad, pero hay que decirlo: en el siglo XIX no existía la televisión y, al menos en la época en que Edgar Allan Poe escribió el cuento La caída de la casa Usher (1839) tampoco existían la fotografía (aunque sí el daguerrotipo) ni el cine. En ese entonces si alguien era fanático de ese apasionante subgénero de la ficción que es el terror la opción inmediata eran los relatos. Y en cuanto a terror psicológico, Poe era un maestro indiscutible. Muestra de ello, claro está, es el relato mencionado líneas arriba.

Narrado desde la óptica de un amigo de la juventud de Roderick Usher, la historia se centra en la llegada de aquel a la mansión venida a menos de los Usher, ubicada en un «área singularmente lúgubre del país», en la que el visitante encuentra a un irreconocible camarada, quien parece poseído por un extraño espíritu cuya influencia es sentida en toda la casa. Mal de espíritu que afecta de manera muy especial a la hermana melliza de Roderick, Madeline, la cual finalmente muere y es enterrada ante la atónita mirada de su hermano. El Usher sobreviviente termina de hundirse en un irremediable estado de perturbación mental. Pese a los denodados esfuerzos del compañero por devolverle la vitalidad a su amigo, este no encuentra el camino de regreso a la lucidez. La casa misma pareciera cobrar vida y confundir incluso al visitante, quien con horror es testigo del regreso de Madeline de entre los muertos. Poseído por el espanto, escapa de la casa a tiempo para verla caer a la distancia. La casa Usher, tumba de los dos últimos representantes de esa rama familiar, se hunde finalmente en una laguna.

Quien lee con atención este cuento puede advertir la enorme influencia que esta casa «embrujada» y su aterradora descripción no solo en la tradición gótica literaria, sino también en el imaginario colectivo. Hemos crecido escuchando cuentos de casas embrujadas, hemos visto episodios de innumerables series de televisión que han parodiado de una u otra manera una casa vieja y terrorífica en lo alto de una colina. Todo ello es influencia directa de esta casa. La cual, obviamente, tuvo que pasar por primera vez del papel al celuloide, de la palabra escrita que causaba espanto y enervamiento en el siglo XIX a la imagen, más adecuada para causar terror a los incrédulos hombres y mujeres del siglo XX, los cuales luego de la primera guerra mundial ya creían haberlo visto todo (y cuán equivocados estuvieron).

El primero en hacerlo fue Jean Epstein (1897-1953), director polaco-francés, vanguardista, que puso los cimientos de un lenguaje cinematográfico que marcó para siempre el cine con su «fotogenia de lo imponderable», con el uso de la cámara como la máquina que va más allá, adonde el ojo humano no puede llegar, y donde adquiere autonomía y ofrece una perspectiva propia. Un nuevo lenguaje que llegó a la perfección en la década de 1920.

La versión de La caída de la casa Usher (1928) difiere en algunos detalles de la original narración de Poe, sin embargo en lo medular Epstein recoge con mucho acierto la tenebrosidad y la enajenación que rodean a la casa y a sus habitantes. Auxiliado por las herramientas propias del lenguaje del cine logra trasvasar la atmósfera terrorífica de esta casa embrujada.

Los primeros planos son usados para transmitir los perturbados estados de ánimo de los Usher. Por una lado, los ojos obsesos de Roderick ante el cuadro de su mujer (en la versión de Epstein, Madeline es su esposa, lo que le quita el elemento incestuoso de la narración de Poe, quien ahí es probable que se inspirase en su propio matrimonio con su prima). Roderick resalta la vitalidad que su cuadro adquiere, sin percatarse de que se la va quitando a la Madeline de carne y hueso, cuyos primeros planos, por otro lado, trasmiten la lividez de la muerte.

El ralentí, usado para aquellos pasajes en los que el paso del tiempo adquiere cierta significación de decadencia; así como la cámara que va siguiendo el rastro del viento, dentro y fuera de la casa, como anticipo a la desgracia final, en secuencias rápidas, como aquella en la que vemos danzar a los vapores que la enrarecida laguna contigua a la casa exhala. Es también destacable el uso de la sobreimpresión de imágenes para cerrar esa atmósfera claustrofóbica y destinada al hundimiento final. Son interesantes las secuencias en la que el rostro de Madeline se desvanece producto de la superposición de su propia imagen para indicar su total enajenación y desesperanza.

Todos los mencionados, recursos que el cine conoce desde esta prolífica década de 1920, la cual para muchos es la más innovadora de toda la historia del séptimo arte, pues no hubo otra década en la que no se corrieran más riesgos ni se experimentara con un arte y una cámara (que llega adonde el ojo humano difícilmente llegaría) que se perfeccionó como la extensión de la humanidad sobre la pantalla, como vehículo que transporta las sensaciones humanas a esta y las vuelve a comunicar al público espectador después.

Y como medio eficaz de comunicar estas sensaciones, esta película no necesitó de los recursos del cine actual, como los sobrevalorados efectos especiales, para ser hasta el día de hoy una obra maestra del cine de terror. Aunque este es ahora muy diferente, esta película es muy recomendable para aquellos cinéfilos interesados en el origen de imágenes o secuencias que en la industria se han usado hasta el desgaste, y que fueron pensadas por realizadores que incluso no necesitaron del sonido para narrar sus mejores historias.

Aunque sí de banda sonora, la cual, en la versión que actualmente se puede encontrar, cuenta con una recentísima partitura compuesta por la estadounidense Anna Coogan. Antes, el italiano Ivan Fedele compuso una banda sonora sobre la base de instrumentos musicales barrocos, en 1995.

Locos, casas embrujadas, fantasmas y zombis, una laguna tenebrosa, el esqueleto de un árbol en contraste que el gris del cielo: esta película tiene todos los elementos que un verdadero cinéfilo apreciaría de un filme pionero y que ha sobrevivido el injusto paso del tiempo.

Por Christian Ávalos.

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