(Reseña) «La puerta abierta» de Peter Brook

(Reseña) «La puerta abierta» de Peter Brook

La puerta abierta es un pequeño libro de ensayos que reúne tres conferencias dadas por Peter Brook: «La astucia del aburrimiento», «El pez dorado» y «No hay secretos», las que le sirvieron de base para formar estas reflexiones en torno a la interpretación y el teatro.

De lejos, la parte más extensa es la primera, en la que Brook trae a colación algunos conceptos de su anterior libro El espacio vacío y la enseñanza que este encierra: para hacer teatro basta únicamente un espacio en el que un hombre sea observado por otro. Pues no hace falta más para que exista el acto teatral.

Y al respecto de este, es cierto que se afirma que el «teatro es vida», pero no por eso es fácil representar la vida en un escenario, lo que hace muy importante la función de los actores, los cuales han recibido años y años de entrenamiento para ser verosímiles y naturales incluso en las acciones que pareciesen las más fútiles. De manera tal que esto se presente como el elemento más importante para una obra teatral: el elemento humano, pues una buena interpretación haría fluir la energía en el escenario, no solo porque estos interiorizan el papel, sino que también fluyen con sus compañeros y, además, con el público. Esto hace que una obra esté viva, y cumpla —a mi parecer— con la premisa de que el teatro es la mejor metáfora de la vida.

Es importante también atener a lo que afirma Brooks sobre el aburrimiento, pues lo utiliza para cuestionarse sobre la obra que esté dirigiendo. Si la obra aburre, ¿se debe a uno mismo o algo está fallando en la puesta en escena? Interesante método es el de probar la obra frente a un grupo de niños, los cuales son insobornables cuando están aburridos. Si la obra los aburre, es porque no se está yendo por el camino correcto.

En esta parte, además también profundiza en el trabajo del actor y en el manejo que este debe tener sobre su cuerpo, su principal herramienta. La metáfora del segundo ensayo sobre el pez dorado es muy ilustrativa. El pez dorado es la presea deseada de cualquier pescador, es decir de todo teatrista que quiere capturar al público y para eso debe ser siempre sorprende, no puede ser convencional, porque de esa manera solo sería aburrido. Y hay mucha verdad en esto. La esencia del teatro es siempre ser arriesgado, y no conformarse con la medianía de lo convencional.

Finalmente, la última parte, «No hay secretos» nos habla de eso, precisamente: no hay una fórmula secreta en el teatro. El campo de juego, el escenario, va evolucionando siempre y está en manos del director darle la forma final, la cual va mutando y puede no estar tranquila hasta el último día y hasta puede que ni siquiera responda a la visión primigenia que tenía de la obra.

Por Christian Ávalos.

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