(Reseña) «Autoerótica»: Adolescencia sin tabúes

(Reseña) «Autoerótica»: Adolescencia sin tabúes

La ópera prima de Andrea Hoyos Valderrama presenta el despertar sexual con una visión que no admite condescendencias con los adolescentes.

Pocos filmes peruanos abordan la adolescencia como se hace en «Autoerótica», de manera tan real, directa y natural. La historia se centra en Bruna (Rafaella Mey), adolescente que siente los deseos de explorar su sexualidad, pero, lejos de decirle a su madre (interpretada por Wendy Vásquez) o a su mejor amiga Débora (Micaela Céspedes), decide transitar ese camino sola, siguiendo su instinto. Es esto lo que hace que se sienta todo natural, porque ella, entre curiosa e inexperta, toma sus decisiones y sigue siendo consecuente con cada una hasta el final. Así, la película se libra de aleccionarnos respecto a diversos temas ‘tabú’ que se tocan, y nos narra todo de manera directa, sin romanticismos o clichés cómicos.

Por otro lado, vemos todas las relaciones que tiene la protagonista en este lapso de tiempo. Con su madre, con el novio de turno de su madre, con su padre ausente, con su figura adulta que vendría a ser su profesora de natación, con un tipo que conoció en Internet (con quien surge el conflicto principal), y hasta con algunos compañeros.

De aquí resalta el tratamiento que se le da a la figura de la mujer, la sororidad y la maternidad. En un momento parece ser la madre la que se comporta como adolescente tratando de agradar a un hombre y llorar cuando éste le rompe el corazón, en lugar de prestarle atención a lo que pasa en la vida de su hija; mientras que la hija, Bruna, toma decisiones sin vacilar, con un poco de llanto sí, pero segura de lo que quiere, y sin contarle a su madre ni preocupándola. En otros varios momentos, la mejor amiga y la profesora de natación se unen para ayudar a Bruna, sin decirle lo que tiene que hacer sólo apoyándola y estando ahí para ella.

La figura masculina tiene pocos minutos en pantalla. Pero hay dos escenas en particular, en las que Bruna no deja de ver a hombres casi iguales a su alrededor, cómo cuando tienes un problema y lo ves por donde mires; brindándonos un poco de la visión adolescente que, a pesar de tener problemas más graves, lo centran en una persona, en este caso del hombre que viene a fastidiar su vida.

Los colores también aportan mucho a la historia. Sobre todo por ese ‘pasar de’ adolescente a adulto, donde se juega con tonos pasteles, representación de la inocencia, y con fuertes contrastes, porque hay oscuridad que se interpone a lo suave.

Al final, todo queda como algo cotidiano, porque así es en la vida real. Cosas así le pasan todos los días a mucha gente, que de seguro tampoco lo contarán, así como Bruna; pero que lo presenten de manera tan real, sin forzar moralejas, sin estigmatizar las situaciones, o sin hacerlas ver como una tragedia griega, ya te genera una mayor empatía y un mejor entendimiento de esta tan crucial etapa de la vida, como es la adolescencia.

Por Malena Gamarra.

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