(Reseña) «Monstruo de Armendáriz»: Divino arquetipo

(Reseña) «Monstruo de Armendáriz»: Divino arquetipo

Se encuentra en temporada la obra «Monstruo de Armendáriz», dirigida por Malcolm Malca, los fines de semana en el Centro Cultural de la Universidad Pacífico.

El proceso seguido contra Jorge Villanueva Torres, el tristemente célebre Monstruo de Armendáriz, es una de las más truculentas historias propaladas por la prensa capitalina en la segunda mitad del siglo XX, y nos puede servir hasta el día de hoy como paradigmática del comportamiento del poder político y de la prensa cuando se trata de manipular a la opinión pública con una muy humeante cortina que nos distraiga de lo realmente importante: la corrupción de nuestras instituciones y la injusticia.

Por ello, la adaptación de esta historia al teatro por parte de Sebastián Eddowes y Malcolm Malca, en versión y dirección de Malcolm Malca, llega al 2022 con una actualidad que estremece e indigna en partes iguales. Los pormenores de lo que pasó son de dominio de todos: Jorge Villanueva Torres, más conocido como el Negro Torpedo, es acusado de haber violado y asesinado a un niño de tres años en la quebrada de Armendáriz (límite entre Miraflores y Barranco) y es llevado a un juicio en el que, con carencia total de pruebas en su contra, es condenado a muerte. Fue un caso construido sobre prejuicios y medias verdades que alimentaron el morbo de la prensa, la cual utilizó el caso como una tapadera en las postrimerías del régimen dictatorial de Manuel Odría.

Este nuevo montaje de esta obra se está llevando a cabo en el teatro Juan Julio Wicht, en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico y cuenta con las actuaciones de Herbert Corimanya (como Julio Villanueva), Daniel Cano (Mora, su abogado defensor), Gonzalo Molina (el jefe de Mora), Gerardo García Frkovich (el fiscal), Diego Lombardi (el juez), Verony Centeno (la madre), Marcelo Paredes y Paul Ramírez.

Si no tenemos en cuenta las licencias que la obra se toma para que la historia siga con cierta fluidez (como el presentarnos un proceso en un formato acusatorio —de influencia anglosajona— cuando en ese entonces las cosas no eran así en el país), estamos ante una sólida pieza teatral que nos enfrenta con la Lima de hace setenta años, pero que bien puede ser la Lima de 1990 o la Lima de hace tres días, en donde la prensa manipula a la opinión pública para armar un circo lo suficientemente largo para tapar lo que no debe ser visto por los demás. Esto queda claro desde el inicio, en una de las líneas de la obra que más me interesó: la manera como el Partido Aprista Peruano, que desde entonces copaba ya el Poder Judicial, manejaba la justicia según cómo le convenía a sus intereses bajo la creencia de que así contribuían al bien de las clases populares. Bueno, ya sabemos con qué calibre terminó todo esto.

Pero es sobre esta base sobre la que se construye el conflicto del abogado de oficio interpretado por Daniel Cano, quien está en uno de sus mejores momentos interpretativos. Su rol como el joven abogado Mora, idealista y militante, es más que plausible y llega a lo más alto de su capacidad interpretativa en las escenas que comparte con Herbert Corimanya, quien también está en un gran nivel interpretativo. El montaje por momentos los aísla, los muestra en el centro del escenario en un frío cuadrado de luz en el que parece que solo habita la derrota. Es aquí, en un lugar totalmente desprovisto de mobiliario en el que abogado y defendido empiezan a construir una relación de complicidad, primero, y de empatía después. Grandes interpretaciones.

Los demás personajes que completan el entramado que se arma alrededor de un proceso penal son interpretados de manera correcta, aunque a veces rocen el borde del estereotipo. Sin embargo, mención aparte merece Gonzalo Molina, quien está muy bien como el (momentáneo) antagonista del abogado Mora, porque cumple una función casi mefistofélica de maestro del mal. La última escena en el chifa entre Cano y Molina te mantiene al borde de la butaca.

Gran obra con buenas interpretaciones, con un tema que no perderá, por más que lo deseemos, su amarga actualidad.

Por Christian Ávalos.

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