(Reseña) «El muro»: Lo que separa lo que fue de lo que será

(Reseña) «El muro»: Lo que separa lo que fue de lo que será

La obra «El muro», de Jhonatan Cordova, se encuentra en temporada los viernes y sábado a las 8:30 p. m. y domingo 7:30 p. m. en el Centro Cultural Ricardo Palma.

El símbolo de un muro es siempre poderoso y es difícil eludir su tremendo significado político. Ejemplos no faltan en los que alrededor de este símbolo muchas personas cifren sus esperanzas de un cambio para bien, y con esta idea es con la que Jhonatan Córdova construye su obra «El muro», que cuenta con la dirección de Diego La Hoz y las actuaciones de Claret Quea, Malory Vargas, Vanessa Demichelli, Andinnia López Cano y Eliana Fry.

De un lado la esperanza y del otro la desesperanza: «El muro» nos traslada a un lugar distópico, en el que Mathías (Claret Quea) quiere escapar de una sociedad represora en la que no puede vivir en paz. No se lleva bien con su madre y la única forma que tiene para mejorar su situación es dejarlo todo atrás.

Y aunque para ello no está solo, pues ha planeado con un grupo de amigos el escape, la situación no se pinta tan fácil. No se nos dan muchos detalles, pero sabemos que estamos en un régimen político muy duro y represor que controla todo, sumado a una crisis que ha obligado a la madre de Matías a buscar el dinero en lugares impensados, lo que no favorece a la resquebrajada relación que tiene con su hijo.

¿Por qué no se puede cruzar hacia el otro lado? Por la misma razón de siempre, para mantener la zozobra en toda la relación. Esto más que ser una certeza, es algo que se intuye del desarrollo de la obra, la que se desentiende de esa característica de la gran mayoría de ficciones distópicas, darnos un contexto que nos cuente el origen de esa división. Solo sabemos que está ahí establecida y casi se puede respirar con el aire. Nos centramos, más bien, en la relación que existe entre los personajes de Claret Quea y Malory Vargas. Ella está más que motivada para cruzar, su historia personal no tiene arreglo, aunque se sienta unida aún a su familia, a pesar de todo. En circunstancia opuesta está el personaje de Quea, quien no tiene dificultades para desentenderse de todo y darle la espalda.

Esta situación poco a poco va cambiando, aunque Quea y Vargas no cuenten con espacio para desarrollar su relación o llevarla con éxito a otro nivel. Los acompañamos a su fuga, que es lo único que los une. Algo similar ocurre con su madre (Demichelli), quien cada día siente más lejos a su hijo, pero que logra sostener su relación por este objetivo común de pasar para el otro lado.

La dirección de esta obra consigue en todo momento mantener la atmósfera de desesperanza, lo que es un acierto. Una sociedad tan rota como aquella no puede tener un cambio significativo si no se rompe con el círculo vicioso. Más que cruzar el muro, hay que derribarlo, pero nunca nadie plantea esta situación y, por ello, el montaje no te conduce jamás a que guardes esperanza. Por el contrario, te muestra sin sutilezas lo que puede suceder con una sociedad tan rota como la nuestra. Perdón. Como aquella.

Por Christian Ávalos.

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