(Reseña) «Tristeza y alegría en la vida de las jirafas»: Lisboa a los ojos de una niña

(Reseña) «Tristeza y alegría en la vida de las jirafas»: Lisboa a los ojos de una niña

Hasta el 16 de octubre se estará presentando, en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, Tristeza y alegría en la vida de las jirafas, del dramaturgo portugués Tiago Rodrigues, dirigida por Alberto Isola y con las actuaciones de Alejandra Guerra, Eduardo Camino, Eduardo Pinillos, Augusto Mazzarelli, Claret Quea y Sergio Llusera.

Antes Jirafa era la niña más alta de su salón. Ahora es una mujer adulta que recuerda esos días en que escapó de su casa en una misión ultrasecreta con el objetivo de robar un banco para conseguir dinero con el que su padre pueda pagar el cable y así seguir viendo su canal favorito, Discovery Channel. Esta simple premisa nos sirve para recrear los días de niñez de esta mujer y junto con ella, recorremos las calles de Lisboa en una especie de miniodisea en la que Jirafa, al más puro estilo de Alicia o el Principito, va descubriendo un mundo de simbólicos personajes que encarnan no solo los problemas sociales, sino también los económicos que caracterizaron al Portugal de finales de la primera década de este siglo, cuando el país ibérico pasaba una de las peores crisis económicas su historia.

La puesta en escena es una inteligente amalgama que no deja escapar los puntos tiernos de la obra y los acopla muy bien en una temática social adulta muy dura y hasta violenta. ¿Por qué tiene que robar un banco? Porque no hay plata para pagar el cable. ¿Por qué no hay plata? Porque el papá está desempleado. ¿Por qué está desempleado el papá? Porque la crisis en Portugal es muy fuerte. ¿Y a qué se debe esa crisis? A que las autoridades del país han decidido doblegarse a los mandatos del FMI y de Bruselas, de los que no pueden escapar si desean seguir en la Unión Europea (cuestión similar a la que vivió Grecia por la misma época).

Vamos desde el desempleo y la recesión hasta la pedofilia y la sumisión política. En un camino que recuerda mucho al recorrido hecho por el Principito o por Dorothy en El Mago de Oz (el que su oso de peluche se llame Judy Garland no es un hecho azaroso), pero este «viaje del héroe» no se desarrolla ni en el espacio ni a través de un camino amarillo: son las peligrosas y críticas calles lisboetas, plagadas de personajes de diverso pelaje.

En primer lugar, Pantera (Claret Quea). Si existe una manera ligera de presentar a un pedófilo diría que era esto. Pero incluso decir eso es ambiguo. El carisma del actor se derrama sobre su sombrío personaje y uno a veces cede a la tentación de reírse con él. Aunque también Quea personifica al policía que intenta explicarle a Jirafa la importancia de las leyes, esas que impiden que ella pueda robar un banco para ayudar a su papá.

Augusto Mazzarelli también nos regala dos personajes que en todo momento me remite a algunos de los personajes que el Principito encuentra en su camino hacia la Tierra. Un banquero que encarna una crítica tremenda al sistema financiero y al marketing, todos mentirosos de raíz y un anciano que nos habla también de la crisis familiar.

Sergio Llusera encarna al (real) primer ministro portugués de esta época, con el que Jirafa tiene un diálogo que deja a este personaje real como un tipo poco preparado para la crisis que le tocó enfrentar.

Eduardo Camino es el papá de Jirafa. Un actor desempleado que sufre en carne propia los embates de una economía que se hunde y en la que él también naufraga sin dinero ni trabajo. Aunque Camino es un actor que nos acostumbra a interpretaciones con mucha entrega tiene en una escena particular un nivel notable cuando hace a la vez de padre y de la madre recientemente fallecida. Tremenda y dolorosa escena. Es, además, el fantasma de Antón Chéjov (porque al final, todo es Chéjov).

Eduardo Pinillos es el actor que se luce porque demuestra que desde su curioso personaje Judy Garland puede llegar a ser una especie de conciencia que dice todo lo que no se le permite decir a Jirafa. Y de ahí lo procaz de este personaje. Simplemente, se roba las escenas.

Por supuesto, Alejandra Guerra hace más que cumplir con un profundo personaje. Lleva a su Jirafa por donde quiere, en una clave que quizá sea nueva para ella, pero que adopta y la usa para darnos una niña tierna, determinada a cambiar la suerte de su familia con un asalto a un banco, aunque quizá sea todo parte de un juego en el que deja correr su imaginación a través de ese tablero que es como un mapa de Lisboa.

Por Christian Ávalos.

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