(Reseña) «La cenicienta»: una reinterpretación

(Reseña) «La cenicienta»: una reinterpretación

Hasta el 18 de diciembre de este año tienes oportunidad de ver la obra «La cenicienta», de Joël Pommerat en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, obra que cuenta con la dirección de Gilbert Rouvière y las actuaciones de Tania López Bravo, Ebelin Ortiz, Miguel Iza, Manuel Gold, Lilian Schiappa-Pietra, Amaranta Kun y Sergio Llusera.

De entre las muchas cosas que se pueden destacar del trabajo de Joël Pommerat, una de las que más sobresale es su tremenda capacidad para la reinterpretación de los cuentos clásicos sin que estos pierdan su encanto y haciéndolos ganar, por otro lado, actualidad y frescura. «La cenicienta» es un cuento repetido hasta el hartazgo y es tan antiguo como la propia civilización occidental (si es que no tenemos en cuenta las versiones del Lejano Oriente, entre otras). Lamentablemente, Walt Disney nos ha intoxicado por décadas con su versión azucarada, la cual se ha repetido ad infinitum en el teatro infantil y ha instalado en el inconsciente colectivo un cliché francamente soso y polvoriento.

Pommerat rompe con esto y nos ofrece una cenicienta (llamada aquí Cecilia, interpretada por Tania López Bravo) que no puede superar la muerte de su madre, contra la que lucha, pero por la que empieza a hundirse en la soledad y en el autocastigo de considerarse alguien sin importancia. El nuevo matrimonio de su padre no ayuda a que ella pueda superar esta situación; por el contrario, tanto su madrastra (Ebelin Ortiz) como sus hermanastras (Amaranta Kun y Lilian Schiappa-Pietra) la desplazan y humillan constantemente, como bien se puede recordar de la versión canónica del cuento.

Sin embargo, muy lejos de lo tradicional, la puesta en escena opta por el minimalismo sin fastuosidad, optando por un espacio vacío que activa nuestra imaginación, lo que se corresponde muy bien con la utilización de una narradora que nos va guiando a través de la historia de la «jovencísima muchacha».

Tania López Bravo cumple con construir una cenicienta poco convencional, obsesionada y encerrada en sí misma, perfecta para un también poco convencional príncipe, encarnado por Manuel Gold, quien a su vez interpreta al hada madrina. Su príncipe encaja muy bien con los propios conflictos de Cecilia, con los que le es posible empatizar; su hada madrina es más bien un delirante alivio cómico. Destaco la actuación de Ebelin Ortiz, quien encarna una madrastra cruel y elegante en partes iguales, ambiciosa y fría también. Miguel Iza cumple como el sometido padre de Cecilia, endeble y sin carácter, quien no es capaz de ponerse del lado de su hija para ayudarla a afrontar como se debe la pérdida de su madre.

Mención aparte merece, además, el uso del recurso audiovisual, que cobra un papel importante y envolvente, jugando con imágenes que nos remiten a objetos brillantes y a ondas sobre superficies de agua. ¿Acaso como un elemento onírico, que nos invita a viajar con la voz de la narradora, a sentirnos también un personaje más en el drama de Cecilia? Si es así, misión cumplida.

Por Christian Ávalos

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