(Reseña) “Los Fabelman”: rendidos ante la nostalgia spielbergiana

(Reseña) “Los Fabelman”: rendidos ante la nostalgia spielbergiana

Es cierto que no hay que ver toda la filmografía previa de un realizador para disfrutar una película suya en el cine. Pero, como me sucede con “Los Fabelman”, en el caso de Steven Spielberg, conocerla te ayuda a disfrutar todas las referencias que hay de su propia filmografía por aquí y por allá en pequeños guiños que te hacen disfrutar la película a otro nivel.

El filme nos cuenta la historia de Samuel Fabelman, o Sami, o Sam, el álter ego de Spielberg. Desde su primer acercamiento al cine hasta su llegada a la adultez cuando ya hacía sus pinitos en la industria de sus sueños. A través de estos años de iniciación lo acompañamos en los conflictos que todo artista tiene que atravesar para iniciarse en este caso para empezar este ‘sacerdocio del arte’. El más importante, el que se tiene con la familia. Pues, como no podía ser de otra manera, la familia de Sami no la está pasando bien en absoluto. Sus padres atraviesan una crisis sin precedentes y la separación de ambos es inminente. Él es un ingeniero que ve todo de una manera muy racional; ella es una artista frustrada, una pianista que no vio sus sueños realizados y que de manera no tan secreta está enamorada de otro hombre.

Mientras esto sucede Samuel tiene que lidiar con las constantes mudanzas a la que lo somete el trabajo de su padre y con los abusadores antisemitas que lo acosan a cada instante en el colegio, de los que se venga de una manera muy poética gracias al cine, arte del que ya no puede alejarse así lo quiera, porque se da cuenta de que no puede estar sin él, aunque esto signifique alejarse de su familia y continuar su camino solo. Es que el arte es así, absorbente, te consume por dentro. Es lo que le dice el tío Boris, que los va a visitar poco después de la muerte de su abuela materna, interpretado por Judd Hirsch, gran personaje de corta pero determinante aparición en la vida del pequeño Samuel.

Quizá no sea la película más espectacular visualmente hablando de Spielberg, pero tiene el mérito de haber encontrado la forma de contar una historia tan íntima y personal de manera ágil, nostálgica y tierna en partes iguales. Además de representar con mucha precisión los conflictos que la atraviesan: la traición, la soledad, la infidelidad, el acoso escolar, la pasión por arte, la muerte, el miedo, el divorcio, el dolor. Todo tratado de una manera magistral en el guion de Spielberg y Kushner.

De las actuaciones hay que destacar las interpretaciones no solo de Gabriel LaBelle como Samuel, sino también de Paul Dano como su padre, Michelle Williams como la madre y a Seth Rogen como el amigo del padre que (no tan) secretamente ama a la madre. Se nota el desgaste en la pareja y es palpable como esto es un conflicto con el que ambos no saben lidiar. Y es el cine el arte que rescata a Sami de ese agujero emocional en el que este conflicto lo va enterrando, de lo que podemos estar agradecidos todos aquellos a los que nos gusta el cine, pues en este gran ejercicio de nostalgia Spielberg nos regala unas memorias Maravillosas, sobre todo el episodio con John Ford.

Por Christian Ávalos.

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